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Definitivamente el Aikido es una de esas cosas que merece no ser hecha discurso. Al menos discurso no poético. Cuando me preguntan qué es el
Aikido yo miento y digo que es un arte marcial japonés. Quizá lo sea, sí, pero lo cierto es que si uno desea conocer el Aikido tiene que acercarse a un dojo y practicar. Es por eso que en este texto no voy a hablar del Aikido y sólo voy a referirme a la experiencia en la práctica y el aprendizaje, que dura toda la vida.

El barrer
Antes de comenzar la práctica nos ocupamos de barrer el tatami, que es la superficie sobre la cual practicamos. En esta acción se mezclan tanto la higiene del lugar como la del propio espíritu. Se trata del primer acto de concentración y de trabajo coordinado. Por más que uno odie barrer en su casa, es capaz de resignificar esa actividad a través de la experiencia en el Dojo.

El protocolo
Cuando uno entra por primera vez a un Dojo penetra en un universo simbólico nuevo. Descubre que hay todo un código de saludos y gestos que es ajeno y en el que se maneja con torpeza. Una es la manera de sentarse, una es la manera de saludar al instructor, una es la manera de saludar al compañero de práctica... Hacerse diestro en ese código a través de la frecuentación y la imitación nos brinda la posibilidad de visitar otras estéticas, otros modos y eso sin duda nos enriquece.



El silencio
El
Aikido se practica en silencio. De esta manera uno se hace sensible a las cosas que van más allá del lenguaje y que en el desarrollo habitual de nuestra cotidianeidad son descuidadas. La postura del propio cuerpo, el movimiento, los sonidos del ambiente, la respiración, la concentración se hacen presentes.

El error
Luego de un tiempo de práctica uno redefine la concepción que tiene acerca del error. Ya no se trata de algo indeseable que debe ser ocultado o que no debe suceder. Se comienza a verlo como piedra de toque para el aprendizaje, como la razón para intensificar la práctica, no para abandonarla. Con el paso del tiempo uno espera la corrección del sensei, el señalamiento del error, porque sabe que es la única manera de crecer y aprender.



El agradecer

Cada vez que finalizamos un ejercicio, o el sensei corrige o da una explicación es costumbre saludar diciendo a la vez "muchas gracias".
 


En este agradecimiento reconocemos la ayuda del otro y la relación simbiótica que nos une tanto con el sensei como con el compañero de práctica. Necesitamos del otro tanto como de nosotros mismos para poder aprender.


El otro
La práctica del
Aikido no tiene intenciones competitivas. Si trato de mejorar es sólo para superarme a mí mismo, no al otro. El otro es quien me ayuda para lograr esa superación, por eso la responsabilidad de cuidarlo y agradecer. Uno aprende a interrelacionarse con personas que poseen diferentes grados de experiencia en la disciplina y diferentes ocupaciones e intereses sin que ello perturbe la práctica sino que por el contrario, la enriquezca.



La violencia
Alguien me dijo cierta vez que los que practicábamos artes marciales éramos personas violentas que considerábamos el dojo como un lugar en el que ejercer esa agresividad que no podíamos, por cuestiones morales, ejercer en nuestra vida cotidiana. Es decir, en mi caso, el Aikido se transformaría en una excusa para sacar a fuera toda la violencia que reprimo en mi vida cotidiana. En ese momento no supe qué responder y en verdad me puse a considerar si no sería efectivamente así. Luego de meditar creo haber llegado a una respuesta: si uno despoja la práctica del
Aikido de todo su sustrato filosófico probablemente no se quede más que con la cáscara de la pura violencia.

Hay dos formas del poder: sobre uno mismo y sobre el mundo. Éste último es el que requiere el uso de la violencia tal como nosotros la entendemos. Pero un aikidoka (o cualquier persona) que ha elegido la primera forma, la del poder sobre sí mismo, no estará haciendo uso de la violencia ni la agresividad, aún en un contexto que pueda calificarse de violento, porque no hace más que plegarse a las circunstancias para defender su vida. Lo que importa es la actitud con la que se enfrentan las diferentes experiencias, eso es lo que determina el carácter de las mismas.



Para terminar, me gustaría señalar que uno puede acercarse a un Dojo con diferentes expectativas y esas expectativas tal vez determinen lo que uno vaya a encontrar, por eso es importante estar atento y explorar todas las riquezas posibles de ésta o de cualquier otra disciplina.
 

Erica Frontini (2º kyu), agosto 2004

 

    

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