CUENTOS
•
Historia de Miuau
• Los Tres
Gatos
• El
Secreto de la Vía
• El
Maestro de Té y el Ronin
• El
Espadachín Sin Espada
• Una Taza
de Zen
• En las
Manos del Destino
• Voto
de Silencio
• Las
Puertas del Cielo y del Infierno
• El
Valor de las Cosas
Historia de Miau
Un samurai, feroz guerrero, pescaba
apaciblemente a la orilla de un río.
Pescó un pez y se disponía a
cocinarlo cuando un gato, oculto
bajo unas matas, dio un salto y robó
su presa.
Al darse cuenta, el samurai se
enfureció, sacó su sable y de un
golpe partió al gato en dos. Este
guerrero era un budista ferviente y
el remordimiento de haber matado a
un ser vivo no le dejaba luego vivir
en paz.
Al entrar en su casa el susurro del
viento en los árboles murmuraba
miau. Las personas con las que se
cruzaba parecían decirle miau. La
mirada de los niños reflejaba
maullidos. Cuando se acercaba sus
amigos maullaban sin cesar. Todos
los lugares y las circunstancias
proferían miaus lancinantes. De
noche no soñaba más que miaus. De
día, cada pensamiento o acto de su
vida se transformaba en un miau. El
mismo se había convertido en un
maullido...
Su estado no hacía más que empeorar.
La obsesión le perseguía, le
torturaba sin tregua ni descanso. No
pudiendo acabar con los maullidos,
fue al templo a pedir consejo a un
viejo Maestro zen.
- Por favor, te lo suplico, ayúdame,
libérame.
El Maestro respondió:
- Eres un guerrero, ¿cómo has podido
caer tan bajo? Si no puedes vencer
por ti mismo los miaus, mereces la
muerte. No tienes otra solución que
hacerte el harakiri. Aquí y ahora.-y
añadió-: sin embargo, soy monje y
tengo piedad de ti. Cuando comiences
a abrirte el vientre, te cortaré la
cabeza con mi sable para abreviar
tus sufrimientos.
El samurai accedió y, a pesar de su
miedo a la muerte, se preparó para
la ceremonia. Cuando todo estuvo
dispuesto, se sentó sobre sus
rodillas, tomó el puñal con ambas
manos y lo oriento hacia el vientre.
Detrás de el, de pie, el Maestro
blandía su sable.
- ha llegado el momento-le dijo-,
empieza.
Lentamente el samurai apoyó la punta
del cuchillo sobre su vientre.
Entonces, el Maestro le preguntó:
- ¿Oyes ahora los maullidos?
- Oh, no.¡ahora no!
- Entonces, si han desaparecido, no
es necesario que mueras.
En realidad, todos somos muy
parecidos a ese samurai. Ansiosos y
atormentados, miedosos y quejosos,
la menor cosa nos espanta. Los
problemas que nos preocupan no
tienen la importancia que les
otorgamos. Son parecidos al miau de
la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que
importe?

▲
ARRIBA
Los Tres
Gatos
Un Samurai tenía en su casa un ratón
del que no llegaba a desembarazarse.
Entonces adquirió un magnífico gato,
robusto y valiente. Pero el ratón,
más rápido, se burlaba de el.
Entonces el samurai llevó otro gato,
malicioso y astuto. Pero el ratón
desconfió de el y no daba señales de
vida más que cuando éste dormía.
Un Monje Zen del templo vecino
prestó entonces al samurai su gato:
éste tenía un aspecto mediocre,
dormía todo el tiempo, indiferente a
lo que le rodeaba. El Samurai dudó ,
pero el Monje insistió para que lo
dejara en su casa. El gato se pasaba
el día durmiendo, y muy pronto, el
ratón se envalentonó de nuevo:
pasaba y volvía a pasar delante del
gato, visiblemente indiferente. Pero
un día, de un solo zarpazo, el gato
lo atrapó y lo mató.
¡Poder del cuerpo, habilidad de
la técnica no son nada sin la
vigilancia del espíritu!

▲ ARRIBA
El
Secreto de la Vía
Una vez un joven solicitó a un
Maestro de kenjutsu que le enseñe la
vía del sable. Este accedió y el
primer día le ordena:
- Desde hoy cortarás leña en el
bosque y recogerás agua en el río.
El joven obedeció y realizó esta
tarea durante tres años, al cabo de
los cuales no aguantó más y le dijo
al Maestro:
- ¡Pero qué entrenamiento me hace
Ud. Seguir! Desde mi llegada no he
tocado un sable ni he traspasado las
puertas de su dojo.
- Bueno, bueno -dijo el Maestro-
acompáñame.
Lo llevó al dojo y le ordenó:
- Caminarás sobre el borde del
tatami, paso a paso, sin
traspasarlo.
El alumno llevó a cabo el ejercicio
cada día, desde la mañana hasta la
noche, durante un año. Entonces,
encolerizado le grito al Maestro:
- ¡Me marcho! En cuatro años no he
hecho más que trabajar y caminar. No
he aprendido nada de lo que he
venido a aprender.
- Bien -dijo el Maestro- sígueme.
Hoy te enseñaré la vía.
Lo condujo lejos, a un lugar en la
montaña donde un tronco caído hacía
de puente sobre un precipicio
aterrador.
- ¡Atraviésalo! - ordenó el Maestro.
El alumno fue presa del pánico al
ver el abismo que se abría por
debajo de el y el vértigo lo dejó
paralizado.
Entonces llegó un ciego que,
buscando a tientas el camino con su
bastón, emprendió sin la menor
vacilación el pasaje y franqueó con
paso tranquilo el precipicio.
Este incidente reveló al joven
discípulo el secreto de la vía y,
abandonando todo el miedo a la
muerte, avanzó por el tronco del
árbol, paso serenamente por el vacío
y de ese modo se encontró en el otro
extremo.
- Ahora has dominado el secreto -le
dijo el Maestro. La leña que has
cortado y el agua que has recogido
han desarrollado tus fuerzas y tu
cuerpo, la marcha atenta sobre el
borde del tatami ha vuelto tus
ademanes precisos y delicados. Y hoy
acabas de descubrir el secreto de la
vía del sable. Ve, serás el más
fuerte.

▲ ARRIBA
El
Maestro de Té y el Ronin
El Maestro de té del señor
Yamanouchi de la provincia de Tosa
había sido obligado por los
insistentes requerimientos de su
señor a dejar el tranquilo castillo
de Tosa y seguir a su amo a Edo,
donde, evidentemente, el señor
Yamanouchi deseaba hacer patente la
habilidad de su subordinado para
realizar la Cha-No-Yu (ceremonia del
te).
Ya en Edo, un día el pacífico
Maestro de té (que no era del rango
de los samurai aunque debido al
protocolo vestía como el) tuvo un
encuentro que había esperado y
temido desde que salió de su casase
encontró con un Ronin (samurai sin
amo) que lo desafió a un duelo. El
Maestro de té dio a conocer su
estatus, pero el Ronin que quería
obtener dinero de su víctima a la
fuerza, continuó amenazándole.
Si pagaba para que le dejara ir en
paz, hubiera sido una acción
deshonrosa para él, para su Señor y
para su Clan. La única alternativa
que tenía era aceptar el desafío.
Una vez que se había resignado a la
idea de la muerte, el Maestro de té
sólo deseaba morir de una forma
digna de un samurai; de manera que
pidió permiso a su adversario para
retrasar el enfrentamiento y corrió
hacia una escuela de esgrima que
había advertido en las proximidades,
esperando que recibiría al menos la
información básica que necesitaba,
es decir, los rudimentos de cómo
morir de forma honrosa con el sable.
Solía ser difícil el tener una
audiencia con el Maestro de una
escuela sin una carta de
presentación, pero en este caso aún
el portero notó lo profundamente
preocupado que estaba el Maestro de
té y le impresionó la urgencia con
que le rogaba que le dejase entrar.
Al final fue presentado al Maestro,
que habiendo escuchado con atención
su historia, le pidió que le
sirviera un té antes de aprender el
arte de morir. Al observarle
realizar la ceremonia del té con una
total concentración y serenidad
mental, el Maestro de sable exclamó.
- ¡Ya lo tengo! ¡No necesita
aprender el arte de la muerte! El
estado mental en el que ud. Se
encuentra es suficiente para que
enfrente a cualquier sable. Cuando
vea al Ronin , haga esto: primero
piense que va a servir un té para un
invitado.
Salúdele cortésmente disculpándose
por el retraso y dígale que ahora
esta preparado para el encuentro.
Quítese el haori (chaqueta), dóblela
cuidadosamente y luego póngase el
abanico como lo hace cuando esta
trabajando. Luego colóquese la
tenugui (toalla) enrollada en la
cabeza, anude sus mangas con una
cuerda y recójase el hakama. Saque
la espada, levántela hasta su cabeza
preparándose completamente para
atacar al adversario y cerrando los
ojos, concentre su pensamiento en el
combate. Cuando le oiga dar un
grito, atáquele con el sable.
Probablemente concluirá con un
asesinato mutuo.
El Maestro de té agradeció
profundamente al Maestro de sable y
se encamino al duelo con el Ronin.
Al llegar saludó e hizo todo lo que
le indicara el Maestro de sable con
la misma concentración que tenía al
realizar la ceremonia del té.
Receloso el samurai avanzó
cautelosamente y pensó:
- Con seguridad este hombre es muy
fuerte, ha tenido el coraje de
regresar para luchar conmigo.
El Maestro de té, absorto por
completo, no prestaba ninguna
atención a los movimientos de su
adversario. Este comenzó a sentir
miedo:
- Sin duda alguna es un gran
guerrero, sólo los Maestros de sable
toman desde el principio del combate
una posición de ataque. Además
cierra los ojos.
El Ronin estaba completamente
desamparado, no se atrevía a atacar,
seguro de ser despedazado al menor
gesto. El Maestro de té había
olvidado al samurai, atento
únicamente a aplicar los consejos
del Maestro de sable, a morir
dignamente. Los gritos del ronin lo
volvieron a la realidad:
- No me mates, ten piedad de mi.
Creía ser Maestro del arte del
sable, pero jamás había encontrado
un hombre como tu. Te suplico que me
aceptes como discípulo, enséñame la
vía del sable.

▲ ARRIBA
El
Espadachín sin Espada
Había un espadachín que era el mejor
de la comarca en sus últimos años
alcanzó el reino de la no violencia
y desde entonces nunca más usó la
espada. Pero solía decir a sus
discípulos que no había ni una parte
de su cuerpo que no fuera como el
filo de la espada.
Un día uno de sus alumnos intentó
poner a prueba esta supuesta
capacidad. Aprovechando que el
Maestro meditaba sentado sobre una
alfombra lo atacó, sable en mano,
por la espalda. En el último momento
el Maestro se apartó y con un
preciso tirón de la alfombra, que el
alumno había tenido que pisar para
alcanzarlo, lo derribó sobre su
espalda.
"Si puedes alcanzar un profundo
nivel de autocontrol, de modo que tu
mente sea como un espejo, podrás
responder automáticamente a
cualquier cambio súbito que pueda
suceder"

▲ ARRIBA
Una Taza
de Zen
Según una vieja leyenda, un famoso
guerrero, va de visita a la casa de
un Maestro Zen. Al llegar se
presenta a éste, contándole de todos
los títulos y aprendizajes que ha
obtenido en años de sacrificados y
largos estudios.
Después de tan importante
presentación, le explica que ha
venido a verlo para que le enseñe
los secretos del conocimiento Zen.
Por toda respuesta el Maestro se
limita a invitarlo a sentarse y
ofrecerle una taza de té.
Aparentemente distraído, sin dar
muestras de mayor preocupación, el
Maestro vierte té en la taza del
guerrero, y continúa vertiendo té
aún después de que la taza está
llena.
Consternado, el guerrero le advierte
al Maestro que la taza ya está
llena, y que el té se escurre por la
mesa.
El Maestro le responde con
tranquilidad "eres igual que la
taza, lleno de tus propias ideas."
Ante la expresión incrédula del
guerrero el Maestro enfatizó:
- Si primero no vacías tu
interior, ¿cómo podrás aprender?

▲ ARRIBA
En las
Manos del Destino
Un gran General, había tomado la
decisión de atacar al enemigo, a
pesar de que sus tropas fueran
ampliamente inferiores en número. Él
estaba seguro que vencerían, pero
sus hombres no lo creían mucho. En
el camino, el general se detuvo
delante de un santuario Shinto y
dijo a sus guerreros:
- Voy a rezar y a pedir la ayuda de
los dioses. Después lanzaré una
moneda. Si sale cara venceremos, si
sale cruz perderemos. Estamos en las
manos del destino.
Después de haber orado, el General
salió del templo y arrojó una
moneda. Salió cara. La moral de las
tropas se inflamó de golpe. Los
guerreros, firmemente convencidos de
salir victoriosos combatieron con
una intrepidez tan extraordinaria
que ganaron la batalla rápidamente.
Después de la victoria, su ayudante
de campo le dijo:
- Nadie puede cambiar el destino.
Esta victoria inesperada es una
nueva prueba.
-¿Quién sabe? -respondió el General,
al mismo tiempo que le enseñaba la
moneda: los dos lados eran cara.

▲ ARRIBA
Voto de
Silencio
Cuatro jóvenes monjes budistas
hicieron un pacto: meditarían en
silencio por siete días, durante los
cuales ninguno debía pronunciar
palabra.
Se sentaron los cuatro alrededor de
una vela y comenzaron a meditar.
Entrada la noche del primer día, de
pronto, una brisa hizo vacilar la
llama de la vela. Uno de los monjes
dijo:
- ¡Oh, no, la vela está por
apagarse!
- Recuerda que no debemos hablar- le
encomendó otro de los monjes.
- Oigan, ¿por qué se la pasan
hablando? - Los retó el tercero.
El último monje largando una sonora
carcajada dijo:
- ¡Ja, Ja! ¡Soy el único que no dijo
nada!
"Cuando uno señala las faltas de
los otros, suele olvidar que puede
ser culpable del mismo error."

▲ ARRIBA
Las
Puertas del Cielo y del Infierno
Una vez un general, gran guerrero,
preguntó al Maestro Zen Hakuin:
- ¿Realmente existe el cielo y el
infierno?
- ¿Cómo te ganas la vida?- preguntó
Hakuin
- Soy un General - afirmó orgulloso.
Hakuin largó una carcajada:
- ¿Qué estúpido te pidió que seas
General? ¡Pareces un carnicero!
- ¡¿Qué?! -Exclamó furioso el
General desenvainando su sable- ¡Te
haré pedazos!
Rápidamente el monje le dice: -
¡Aquí están las puertas del
infierno!
El General comprende el mensaje y,
avergonzado se excusa:
- Discúlpame por favor, perdona mi
insolencia.
A lo que Hakuin respondió: - aquí
están las puertas del cielo.
"El cielo y el infierno no son
lugares que aparecen, de pronto,
después de morir. Existen aquí y
ahora. El bien y el mal abarcan la
idea más fugaz. Las puertas del
cielo y del infierno están siempre
listas para recibirte."

▲ ARRIBA
El
valor de las Cosas
Vengo, Maestro, porque me siento tan
poca cosa que no tengo fuerzas para
hacer nada. Me dicen que no sirvo,
que no hago nada bien, que soy torpe
y bastante tonto. ¿Cómo puedo
mejorar? ¿Qué puedo hacer para que
me valoren más?
El Maestro, sin mirarlo, le dijo:
- cuánto lo siento muchacho, no
puedo ayudarte, debo resolver
primero mi propio problema. Quizás
después... - y haciendo una pausa
agregó si quisieras ayudarme tú a
mí, yo podría resolver este tema con
más rapidez y después tal vez te
pueda ayudar.
- e...encantado, Maestro -titubeó el
joven pero sintió que otra vez era
desvalorizado y sus necesidades
postergadas.
- Bien -asintió el Maestro. Se quitó
un anillo que llevaba en el dedo
pequeño de la mano izquierda y
dándoselo al muchacho, agregó- toma
el caballo que está allí afuera y
cabalga hasta el mercado. Debo
vender este anillo porque tengo que
pagar una deuda. Es necesario que
obtengas por él la mayor suma
posible, pero no aceptes menos de
una moneda de oro. Vete ya y regresa
con esa moneda lo más rápido que
puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó, empezó a ofrecer el
anillo a los mercaderes. Estos lo
miraban con algún interés, hasta que
el joven decía lo que pretendía por
el anillo. Cuando el joven
mencionaba la moneda de oro, algunos
reían, otros le daban vuelta la cara
y sólo un viejito fue tan amable
como para tomarse la molestia de
explicarle que una moneda de oro era
muy valiosa para entregarla a cambio
de un anillo. En afán de ayudar,
alguien le ofreció una moneda de
plata y un cacharro de cobre, pero
el joven tenía instrucciones de no
aceptar menos de una moneda de oro,
y rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda
persona que se cruzaba en el mercado
-más de cien personas- y abatido por
su fracaso, monto su caballo y
regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven
tener él mismo esa moneda de oro.
Podría entonces habérsela entregado
al Maestro para liberarlo de su
preocupación y recibir entonces su
consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro -dijo- lo siento, no es
posible conseguir lo que me pediste.
Quizás pudiera conseguir dos o tres
monedas de plata, pero no creo que
yo pueda engañar a nadie respecto
del verdadero valor del anillo.
- Que importante lo que dijiste,
joven amigo -contestó sonriente el
Maestro-. Debemos saber primero el
verdadero valor del anillo. Vuelve a
montar y vete al joyero. ¿quién
mejor que él, para saberlo? Dile que
quisieras vender el anillo y
pregúntale cuanto te da por él. Pero
no importa lo que te ofrezca, no se
lo vendas. Vuelve aquí con mi
anillo.
El joven volvió a cabalgar. El
joyero examinó el anillo a la luz
del candil, lo miró con su lupa, lo
pesó y luego le dijo:
- Dile al Maestro, muchacho, que si
lo quiere vender ya, no puedo darle
más que 58 monedas de oro por su
anillo.
- 58 monedas??! -Exclamó el joven.
- Sí -replicó el joyero- yo sé que
con tiempo podríamos obtener por él
cerca de 70 monedas, pero no sé...
Si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa
del Maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate -dijo el Maestro después
de escucharlo-. Tú eres como este
anillo: una joya, valiosa y única. Y
como tal, sólo puede evaluarte
verdaderamente un experto. ¿Qué
haces por la vida pretendiendo que
cualquiera descubra tu verdadero
valor?
Y diciendo esto, volvió a ponerse el
anillo en el dedo pequeño de su mano
izquierda.

▲ ARRIBA |